01 Diciembre 2014

 

Estamos tan acostumbrados a mentir y a que nos mientan que cuando la gente dice la verdad dudamos de ella: de la verdad y de la persona.

 

En la actualidad las relaciones interpersonales se ven en conflicto de manera desmedida por la mentira o bien por la manipulación de discursos necesarios para engañar, y no es que el que engaña sea el malo, o el bueno el que se deja engañar, más bien estamos hablando de dos individuos con una inteligencia cero permite que uno mienta mientras que el otro lo soporta.

 

Es común que entre parejas heterosexuales u homosexuales, las relaciones no sean tan esperadas como se pretende, y muchas veces terminan aceptando todo lo que el otro dice o hace sólo por “amor”, la realidad es otra, la gente acepta por costumbre, por miedo a la soledad, por no tener un fracaso más, sin embargo, el fracaso está al momento en que el otro acepta la mentira o el engaño realizado por la pareja.

 

En artículos anteriores ya he tratado este tema de parejas y sus conflictos, pero en específico hoy me quiero enfocar al síndrome del engaño. No sólo del que lo emite o realiza, sino del que lo acepta y disfruta. Como es muy bien sabido, las relaciones hoy en día son menos duraderas, menos fructíferas, y todo tiene que ver con el contexto de tiempo y espacio en el que estamos viviendo, la mercadotecnia te vende ideas fascinantes que no va más allá de lo superfluo y lo banal, y es entonces donde el homosexual se encuentra sumergido, en ese mismo desinterés por ser diferente y cambiar la esfera que se le maneja.

 

El homosexual vive en plena liberación sexual, busca la aceptación a toda costa de la sociedad, anhela ser parte igual con algo que no le corresponde porque ya lo tiene, y desde ahí está la base del mismo engaño, ya sea entre parejas o entre ideologías o intento de ellas. Para empezar muchas de la relaciones homosexuales, sobre todo entre los hombres, se basa en atracciones sólo físicas, lo que le llaman “química”, pero al saber cómo es el otro, cómo piensa, cómo come, cómo duerme, esa “química” se anula y es entonces cuando viene el engaño que por lo general es la forma más cobarde de afrontar las cosas y terminar con algo que ni siquiera tiene comienzo.

 

Como en cualquier tipo de relación, bajo cualquier preferencia sexual, el hombre y la mujer tiende a no decir las cosas tal cual son, teme a la sinceridad, tanto a decirla como al escucharla, y es más fácil el poder llevar una relación a su término de la manera más sencilla, el engaño.

 

El engaño es algo aprendido, lo mismo que la mentira, desde casa nos enseñan a mentir sin decirnos qué es mentir, pero sí, desde casa, lo validan como algo tan negativo y nefasto que no debe ser parte de la condición de uno, sin embargo, el primero en mentir es el padre, “Mijo, si tocan a la puerta y es el cobrador, o si llaman por teléfono, diles que no estoy”, una frase tan simple pero que nos abre la posibilidad de no decir la verdad cuando es necesario. Sería más fácil si la madre o el padre, abre la puerta o contesta el teléfono y le dice al cobrador: “¿Sabe qué? Sí quiero pagar pero no tengo dinero para ello, en cuanto pueda lo haré, por lo pronto no me moleste”, que de todos modos, al final de cuentas tendrá que pagar. Y así es como comienzan las primeras enseñanzas en casa sobre el engaño y la mentira, que si nos vamos más a fondo, tendremos los engaños entre los padres, cuando él o ella engaña a su pareja, y la otra termina aceptando con el discurso: “por los hijos” o “por amor”, el problema no radica sólo en aceptar un engaño sino en ser parte de él, porque la pareja que acepta es la que se autoengaña, la que se manipula a sí misma para aceptar y continuar.

 

Lo mismo sucede en las parejas de novios, desde un inicio, muchos de ellos dejan entrever el tipo de persona que es. Para empezar está en primera instancia el discurso elaborado que se avientan en las primeras citas donde todo es casi perfecto, los mismos gustos, o la tolerancia a gustos diferentes, los pasatiempos, las comidas, las bebidas, las películas, y hasta los amigos nuevos que pueden llegar a conocer de sus parejas, terminan “aceptándolos” como lo mejor, únicamente para sentirse aceptados por el otro. Ese es el primero que engaña; y el segundo, el que se cree absolutamente todo. Pasa el tiempo, no mucho, justo lo suficiente para sentirse hartos de una relación que ya exprimió lo más que pudo, el sexo. Porque la mayoría de las parejas hoy en día se basa solamente en el sexo, y si el sexo es bueno y generoso, el engaño se podrá prolongar más, pero si el sexo es nulo, malo o aburrido, terminará lo antes posible por engañar para que el otro dé fin a una relación sin rumbo.

 

El hombre y la mujer es tan cobarde en relaciones interpersonales que prefiere que el otro dé el primer paso, es más fácil llamarse víctima que victimario, pero es que no es tan fácil, y menos cuando las relaciones homosexuales están tan devaluadas y son tan escasas, que lo primero que llega se agarra. Hay infinidad de parejas que pretenden una relación por años bajo la manipulación y el engaño, y no lo juzgo, ni a uno ni a otro, al final de cuentas uno tiene lo que merece, y si eso creen merecer pues adelante. Muchas de las veces cuando sabes que tu amigo está siendo engañado y llegas con pruebas en la mano, éste se niega, no lo acepta, confronta a la pareja y también lo niega rotundamente, y uno termina como el malo que desea separar la relación a toda costa. Habrá otros más honestos, quienes dicen que saben que son engañados pero es lo único que tienen, y piensan que con el tiempo la pareja cambiará. Pues les tengo noticias… como seres humanos aprendemos a desarrollarnos con una personalidad “propia”, y ésta no cambiará de la noche a la mañana, para quitar malos hábitos es necesario aceptación y un proceso largo para mejorar lo que no nos conviene, así que no, la gente NO cambia por uno.

Es por ello que estoy a favor de hombres y mujeres que desde el inicio dicen claramente lo que quieren de una relación, por lo general todos dicen lo que buscan pero eso no implica que lo busquen en ti. El engaño y la manipulación no es porque sean malas personas sino porque se les sigue permitiendo ir por la vida haciendo lo mismo y todo por la gente deseosa por satisfacer los instintos más nobles del sexo y del amor.

 

Si eres el que engaña o el que se deja engañar estás siendo parte de las estadísticas de parejas homosexuales o heterosexuales inestables, tan claro como el ejemplo de arriba al decir claramente lo que queremos: “ me gustas, me atraes, lo único que me interesa es tener sexo contigo, no te hagas ilusiones que yo aún seguiré buscando lo que necesito.”

A esto no le llamo promiscuidad, le llamo educación sexual con el valor más grande que es la honestidad.

01 Diciembre 2014

 

El hijo de Mafalda tuvo una reunión en casa donde se dispusieron a recibir cálidamente a una recién llegada del DF Entre una rica charla, vino, cerveza, cigarro y cena, la diversidad de opiniones iba y venía, y claro, entre tanto personaje no pudo faltar alguien en especial a quien queremos todos y que en su momento nos impactó demasiado su forma de pensar, que por nombre le pondré Susanita y por género el femenino y por preferencia sexual heterosexual.

            Sentados a la mesa platicábamos sobre cosas del amor y relaciones tormentosas hasta que dimos con un tema que para Susanita le pareció escabroso a tal grado de hacerle brincar el escapulario moralista que como buena Susanita porta, (algo de lo que ninguno de los comensales nos habíamos percatado). La mayoría de los ahí reunidos eran homosexuales: hombres y mujeres, y uno que otro heterosexual desbalagado, quizá antes no habría mencionado las preferencias sexuales, pero esta vez todo tiene que ver porque se comenzaba a hablar sobre la sexualidad del hombre y la mujer en una relación heterosexual así como homosexual.

 

Susanita preguntó si era posible que una pareja de homosexuales utilizaran dildos (consoladores) en una relación sexual entre dos mujeres, que si así sucedía entonces había la posibilidad que la pareja en cierto modo tuviera fijación aún masculina por aquello que el dildo es un pene plástico. El par de amigas dulces, tiernas y muy directas en sus respuestas le explicaron a Susanita que no tenía nada de malo, que hombres y mujeres utilizaran dildos como juego, experimento sexual, que había incluso parejas heterosexuales donde la mujer utiliza un dildo para dar placer a su marido, es tan común como las galletas de animalitos, y que no por ello se definía el marido como homosexual. Habrá que recordar que el punto G del hombre está en la próstata. La indignación de Susanita fue tanta que no podía entender cómo estas costumbres se salían del patrón habitual moral. Que mujeres utilizaran dildos entre mujeres, en cierto modo era aceptado porque necesitaban una imagen masculina para poder llegar al placer, pero que un hombre con su mujer lo utilizara. y no para satisfacer a la mujer era un verdadera aberración.

 

Se le explicó de mil formas a Susanita que la sexualidad era el experimentar, el buscar nuevos juegos, el innovar diferentes acercamientos, que un dildo no representaba entre mujeres la imagen masculina. Se le puso de manifiesto que se diera cuenta a su alrededor, todo es culturalmente falogocéntrico, la forma de la botella, un cigarro, las torres de las iglesias con sus cúpulas, etc. Sobre pasar los límites convencionales de la sexualidad es tan fuerte para Susanita como llegar a una depravación. Y esto me hizo pensar en lo que aún nos falta por vivir y aceptar del otro.

 

Cuestionó entonces que no podía existir una relación de pareja sana en una pareja de Swingers, también se le explicó que los Swingers sólo buscan satisfacer esa fantasía como un juego sexual, donde no involucran sentimientos sino es meramente el sexo. Creo que causó más asombro para nosotros que           Susanita en la vida real fuese hombre homosexual y pensara de tal o cual forma, era difícil de creer. Pero es que también es cultural, nos han metido tanta mierda en la cabeza que no vemos más allá de lo que hay en un cuadrito barato impuesto por la familia, la iglesia, la sociedad. La experiencia sexual va desde el primer encuentro con el otro hasta la fantasía más loca que puedan llegar a realizar.

 

De pronto me he encontrado con homosexuales hombres y mujeres más cerrados a la experiencia sexual, es decir, putos y putas para brincar de cama en cama pero nefastos para experimentar cosas que aún no han intentado, como el vouyerismo, los tríos, las orgías, los juegos sexuales, los objetos sexuales, juguetes, ropa interior, etc. No tienen porque practicarlos para decirse que son de mente y piernas abiertas, hay quienes deciden no hacerlo porque así les place, pero tampoco está bien que lo critiquen a quienes sí les interese experimentar nuevos caminos, la libertad de cada quien está en sí mismos. Antes de criticar y asustarse por lo que hacen los demás, por lo que cuentan los que otros han vivido debería comenzar por revisar su propia piel y reconocer qué es lo que les enciende sin miedo a ser juzgados.

 

 

01 Diciembre 2014

 

Desde los tiempos más remotos, la homosexualidad entre hombres y mujeres siempre ha existido, ahí tenemos a las civilizaciones como los griegos que justificaban su homosexualidad de hombre a hombre como el intercambio de poder intelectual, de hombría, de sabiduría a través del coito y la eyaculación; Sócrates, Platón, etc., o bien, la misma conexión sentimental, emocional, íntegra entre las mujeres como Safo de Lesbos, con su poesía al amor por las mujeres.

 

Anatómicamente se sabe y se conoce que el hombre no está diseñado para cohabitar con otro hombre, lo mismo en la mujer. Cierto es que existen mil y un formas de obtener ese placer, pero el cuerpo en sí fue diseñado para la procreación, de aquí que sale mi cuestionamiento, y a su vez el poder entender por qué el hombre y la mujer homosexual suelen ser más promiscuos e infieles que los heterosexuales.

 

En un estudio realizado en EU, por el Dr. Satinover, las estadísticas demostraron que el homosexual promedio, (hombre o mujer), tiene 50 parejas al año, mientras que el heterosexual promedio (hombre o mujer), 4 parejas al año. Lo que deduce que el homosexual tiende a no ser estable en relación, por lo tanto infiel.

 

Considero que el sentido de pertenencia no sólo está enfocado a un lugar donde se establece el ser humano, sino a una persona también. En este caso el homosexual promedio no tiene un sentido de pertenencia entre las parejas sexuales con quien se relaciona. De ahí que comprendo que el homosexual no esté diseñado para una relación estable. Sin embargo, habría la posibilidad de cambiar las estadísticas si realmente logramos que el homosexual concientice sobre su propio ser, quién es, cómo se define ante los demás, no por lo sexual, sino por la esencia del ser. Con esto no pretendo dar clases de moralidad o ética, simplemente un poco más allá de la filosofía, el saber ser como SERES humanos y no sólo como personas o entes sociales.

 

El diseño no está sólo en lo sexual, sino en la razón y en el sentimiento. Si analizamos a las parejas homosexuales que no están dentro de esta estadística descubriremos que la mayoría de ellas encontraron en el otro su sentido de pertenencia, así como el heterosexual lo encuentra en la relación de ser padre o madre, también el homosexual lo encuentra en la relación de ser pareja.

 

¿Qué le hace al hombre o a la mujer estar en una relación estable?, ¿por qué es más factible una relación fiel entre los heterosexuales que en los homosexuales?

 

Muchas de las respuestas pudieran estar en el lector que puede hacer el recorrido de sus parejas y darse cuenta por qué lo hace estar en esa relación, o por qué ha estado continuamente en ese afán de estar con otras por corto tiempo.

 

La relación interpersonal del ser humano debiera radicar en el sentimiento y en la razón, si uno descubre quién, es automáticamente descubrirá lo que busca y lo que necesita, sin embargo, para muchos ésta es una eterna búsqueda sin fin. El ser homosexual no solamente está en la relación sexual, está también en esa relación sentimental que une a uno y a otro en un mismo complemento, no es buscar la media naranja sino una naranja o manzana entera que complete la idea de lo que se está buscando y no la idea de lo que lo complemente a uno.

 

Socialmente el individuo se ha apegado a una definición errónea sobre la homosexualidad, tanto que la hemos visto como una discriminación constante entre la gente, la definición no debe radicar en la preferencia sexual, sino en un todo por el todo, es decir, en quién eres como hombre o mujer, y en ese quién eres, estará la definición de tus gustos y preferencias en la vida. Lo mismo será definirse como un hombre que gusta de la literatura, del Rock Clásico, del color amarillo, de los hombres, del buen vino, el buen tabaco, etc., entre todos los gustos está una preferencia sexual establecida pero no lo define sólo ésta, sino el conjunto e gustos que tiene en la vida que lo define como tal, y que a su vez lo hace conciente de ser un hombre normal.

 

La homosexualidad debiera ser todo un estilo de vida, una ideología, una manera distinta de pensar, de hacer, de sentir, siempre con plena conciencia del ser ante todo. La homosexualidad es una experiencia existencial, así como lo es la heterosexualidad, sin embargo, el individuo se ha supeditado a parámetros establecidos por la sociedad donde no se cuestiona más allá de lo que desea a corto o largo plazo, porque así lo dicta la cultura y la sociedad en la que se desenvuelve, pero deja atrás su reconstrucción individual porque cree que ya la misma sociedad lo ha definido como tal, y en cierta manera lo hace, aunque no sea lo correcto. Cada cabeza es un mundo, cada individuo es distinto a otro, por lo tanto, si el hombre y la mujer comenzara a conocerse, a saber quién es, qué desea, qué busca, entonces tendríamos mejor sociedad sin prejuicios. Muchos de los prejuicios sociales se los debemos a una sociedad retrógrada y anticuada, de “buenos modales y buena educación”, pero eso no está exento del homosexual, también el homosexual tiene y aprende esa educación para la vida, esos valores que desde casa comienzan, el problema es que ellos mismos se segregan, se vuelven una “minoría vulnerable”, y entonces se separen del resto de la sociedad, cuando en realidad, si tomamos en cuenta la premisa anterior, todos somos iguales bajo un mismo sexo, hombres y mujeres, más no por gustos o preferencias, que esto no debe definir al individuo como tal.

 

El hombre y la mujer homosexual sí está diseñado para estar en pareja, no para la procreación, claro está, pero sí para vivir en armonía, para convivir, para permanecer estable en una relación duradera, para disfrutar de los placeres del sexo, de la pasión, del deseo; el sentido de pertenencia, de pertenecer en una relación, está en la medida en la que sabe ser, se conoce y reconoce ante los demás. Ese sentido de pertenencia está en la relación sentimental-sexual que le hace ser parte del otro, no como medias partes, sino como enteros que comparten la vida como hombres y mujeres.

Satinover, J. (2003). Homosexuality and the Politics of Truth. Grand Rapids, Michigan: Hamewith Books.

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